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martes, abril 13, 2021

Inmunidad por enfermedad o por vacunación: expertos explican cuál es más resistente a las nuevas variantes del COVID-19

La aparición de las nuevas variantes planteó el fantasma de que la generación actual de vacunas podría volverse obsoleta antes de que se hayan implementado por completo (REUTERS)
La aparición de las nuevas variantes planteó el fantasma de que la generación actual de vacunas podría volverse obsoleta antes de que se hayan implementado por completo (REUTERS) (YVES HERMAN/)

El camino hacia la inmunidad colectiva frente al coronavirus parece de repente más largo. La aparición de variantes más transmisibles y potencialmente evasoras de vacunas amenaza con extender el desastre de salud global y hacer que el 2021 se parezca demasiado al 2020. Una mezcla complicada de buenas y malas noticias hace que cualquier pronóstico para los próximos meses sea confuso. Pero los científicos tienen un único mensaje claro: la pandemia está lejos de terminar.

Las mutaciones han complicado y probablemente ampliado la línea de tiempo para aplastar la pandemia. Una obviedad entre los epidemiólogos es que la inmunidad colectiva frente a un virus más transmisible requiere un mayor porcentaje de personas inmunizadas. Al comienzo de la pandemia, los científicos estimaron que alrededor del 70 por ciento de las personas necesitarían vacunarse o habrían desarrollado inmunidad natural para alcanzar el umbral en el que el virus no circularía libremente. Ese número ahora parece demasiado bajo.

Si una cepa más transmisible se vuelve dominante, “el nivel de cobertura necesario para la inmunidad colectiva aumentaría, en el rango del 80 al 85 por ciento”, aseguró Jay Butler, subdirector de enfermedades infecciosas de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de los Estados Unidos.

Para aumentar la inmunidad de la población frente al virus es clave que las vacunas desarrolladas mantengan su eficacia frente a las nuevas variantes. Sin embargo, dos estudios preliminares han encendido las alarmas al asegurar que las dos nuevas variantes detectadas, la sudafricana y la brasileña, pueden eludir la inmunidad en personas que fueron vacunadas o previamente infectadas. Pese a ello, los científicos mantienen el optimismo y aseguran que las vacunas producidas por Pfizer y Moderna desencadenan niveles muy altos de anticuerpos, lo que probablemente compensa la disminución de la potencia frente a las nuevas variantes detectadas.

Los investigadores alguna vez creyeron que tomaría varios meses más, o incluso años, para que el virus desarrollara resistencia a las vacunas. Sin embargo, la rápida evolución es en gran parte el resultado de la propagación descontrolada del virus (REUTERS)
Los investigadores alguna vez creyeron que tomaría varios meses más, o incluso años, para que el virus desarrollara resistencia a las vacunas. Sin embargo, la rápida evolución es en gran parte el resultado de la propagación descontrolada del virus (REUTERS) (SERGIO PEREZ/)

Los investigadores alguna vez creyeron que tomaría varios meses más, o incluso años, para que el virus desarrollara resistencia a las vacunas. Sin embargo, la rápida evolución es en gran parte el resultado de la propagación descontrolada del virus. Más de 100 millones de personas se han infectado en todo el mundo y cada una de esas infecciones es una oportunidad para que el virus mute al azar. “Desde una perspectiva de biología evolutiva, esto es totalmente esperado y anticipado”, dijo consultado por Los Angeles Times el doctor Michael Mina, epidemiólogo de Harvard.

Pero, ¿cómo podría el virus desarrollar resistencia a las vacunas? La versión del virus detectada en Brasil comparte con la sudafricana dos mutaciones probablemente causantes de estos efectos. Son apenas dos cambios de una letra por otra en el genoma del coronavirus, que tiene un total de 30.000 letras. No obstante, esos cambios se encuentran justo en la proteína S que el virus usa para anclarse a las células humanas, entrar en ellas y usar su maquinaria biológica para reproducirse. Esos cambios hacen que los anticuerpos no se acoplen perfectamente al virus y eso puede significar que pierden parte de su capacidad para impedir que entre en las células.

“Los anticuerpos son proteínas que fabrica el organismo en contra de alguna proteína que no reconoce como propia, es decir una proteína que le corresponde a un virus o a una bacteria. El mecanismo de acción de una vacuna es justamente eso: nos introduce una proteína que solamente tiene determinado virus para que el organismo fabrique anticuerpos para destruirla y así destruir al virus. Si en una mutación desaparece en el virus la proteína contra la que está dirigida el anticuerpo, por supuesto que ese anticuerpo dejará de tener efecto sobre el virus”, aseveró en diálogo con Infobae Cristina Freuler, médica infectóloga y jefa del Departamento de Medicina Interna del Hospital Alemán, en Buenos Aires, Argentina.

Y agregó: “Mientras la vacuna introduce una proteína, cuando nos enfermemos en nuestro organismo entra todo el virus y producimos anticuerpos contra varias proteínas distintas, algunas quizás desconocidas. Es por eso que aunque la inmunidad que da la vacuna puede no cubrir a una mutación, es muy probable que la humana sí lo haga. De todas maneras, se trata de una hipótesis y todavía no podemos asegurar que esto suceda”.

Todas estas variantes del coronavirus presentan una serie de mutaciones en la proteína de la espícula (S), la llave que el virus utiliza para entrar en las células del huésped y reproducirse (Bloomberg)
Todas estas variantes del coronavirus presentan una serie de mutaciones en la proteína de la espícula (S), la llave que el virus utiliza para entrar en las células del huésped y reproducirse (Bloomberg) (Andrey Rudakov/)

“Los virus tienen la capacidad de mutar rápidamente, especialmente aquellos cuyo genoma está compuesto de ARN, y el nuevo coronavirus es un ejemplo perfecto de esto. Si bien las mutaciones ocurren al azar, se seleccionan positivamente aquellas variantes virales cuyas mutaciones le confieren a ese virus algún valor adaptativo. Una de las consecuencias de este proceso de selección natural es que las nuevas variantes pueden escaparle a la inmunidad producida por una infección con la variante viral original. Es decir, potencialmente, un paciente que tuvo COVID-19 podría infectarse con la nueva variante viral si esta fuera muy diferente a la original. Otra consecuencia, es que las vacunas pierdan efectividad”, dijo a este medio la reconocida viróloga y profesora de la Universidad Hunter de Nueva York Laura Palermo.

“En el caso de las vacunas novedosas -continuó-, como son la de Pfizer y Moderna cuyo único componente es material genómico que codifica para esta proteína spike, podría pasar que pierdan efectividad en un futuro. La solución sería analizar los cambios en estas nuevas cepas y rediseñar esas vacunas, o identificar nuevos targets e incorporarlos a las nuevas vacunas. Mientras tanto, la población debe continuar utilizando tapabocas y mantener el distanciamiento social y las medidas de higiene, aún después de haber contraído la enfermedad o haber recibido una vacuna”.

Por su parte, el consejero delegado de Pfizer, Albert Bourla, afirmó que existe “una gran posibilidad” de que las variantes emergentes acaben haciendo ineficaz la vacuna de la empresa. “Todavía no es el caso (…), pero creo que es muy probable eso ocurra”, remarcó Bourla en el Foro Económico Mundial.

No obstante, si se producen mutaciones que escapen al escudo protector desplegado por las vacunas, ninguna de ellas provocará que toda la inmunidad poblacional adquirida hasta ese momento se venga abajo, ya que habría escalas de inmunidad, y no toda la población inmunizada sería completamente susceptible frente a la infección, aunque es cierto que una parte que antes era inmune, ya no lo sería. En este escenario, sería necesario revacunar y reconstruir esa protección inmunológica, especialmente en los grupos más vulnerables. Algo muy similar a lo que ocurre con la vacuna de la gripe en la actualidad.

“Si bien aún no hay una demostración científica, podría ocurrir que las nuevas cepas del virus sean menos susceptibles a las vacunas. Eso obligará a que las nuevas y futuras vacunas sean más abarcativas y que tengan que desarrollarse con más cepas, como la vacuna antigripal que hoy en día contiene tres sepas. Sin embargo, todavía es prematuro abrir un juicio sobre ello. Deberíamos esperar y llegado el momento, analizarlo”, explicó a Infobae, el infectólogo Lautaro de Vedia, ex presidente de la Sociedad Argentina de Infectología.

Para Anthony Fauci, director del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas de Estados Unidos, "la disminución de las tasas de eficacia subraya la necesidad de seguir de cerca las variantes y de acelerar los esfuerzos de vacunación antes de que surjan nuevas mutaciones incluso más peligrosas" (REUTERS)
Para Anthony Fauci, director del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas de Estados Unidos, "la disminución de las tasas de eficacia subraya la necesidad de seguir de cerca las variantes y de acelerar los esfuerzos de vacunación antes de que surjan nuevas mutaciones incluso más peligrosas" (REUTERS) (Christopher Black/WHO/)

Para Anthony Fauci, director del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas de Estados Unidos, “la disminución de las tasas de eficacia subraya la necesidad de seguir de cerca las variantes y de acelerar los esfuerzos de vacunación antes de que surjan nuevas mutaciones incluso más peligrosas. La mejor manera de evitar que un virus siga evolucionando es impedir que se replique y eso se consigue vacunando a la gente lo más rápido posible”.

En la misma línea, Florian Krammer, investigador de vacunas en la Escuela Icahn de Medicina de Mount Sinai, cree que las vacunas producidas por Pfizer y Moderna, por ejemplo, seguirán protegiendo contra las variantes sudafricana y brasileña —B.1.351 y P.1, respectivamente—. “Sin embargo, esto es preocupante para las vacunas que no son tan potentes para inducir anticuerpos neutralizantes como las dos vacunas de ARNm”, indicó en un artículo publicado en la revista Science.

Alessandro Sette, inmunólogo del Instituto de Inmunología de La Jolla, ve signos esperanzadores de una inmunidad duradera al virus. Un artículo que él y sus colegas publicaron este mes mostró que la inmunidad posterior a la infección se mantuvo sólida a los ocho meses. Los resultados preliminares sugieren que una gran fracción de la respuesta inmune está mediada por células T que no se ven afectadas por las variantes, dijo a The Washington Post, y tanto la infección natural como la vacunación inducen esta respuesta.

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